Texte original publié par No es época para tontos.
Elecciones Generales de Andorra — 2 de abril de 2023
El 2 de abril de 2023, Andorra celebró unas elecciones generales que este vídeo somete a una crítica demoledora: 9.010 votos judiciales, una cifra decisiva en un país pequeño, habrían pasado días y noches custodiados en cajas de cartón reciclado, dentro de un armario de la Batllia, con los nombres y apellidos de los votantes visibles en el exterior de los sobres. No se trata de una anécdota administrativa ni de un fallo menor de organización. La transcripción plantea que estamos ante una ruptura estructural del secreto del voto, de la cadena de custodia y de la confianza mínima que debe sostener cualquier proceso electoral democrático.
El episodio explica por qué el problema no puede maquillarse como una simple irregularidad. Según el análisis expuesto, el voto judicial debía entregarse personalmente al juez y trasladarse después a las urnas el día electoral, pero no existiría base legal para convertir miles de votos en supuestos “depósitos” nominativos guardados durante días. Si el voto ya era definitivo, mantenerlo identificado, almacenado y no auditado convierte el procedimiento en algo políticamente explosivo y jurídicamente insoportable.
La crítica apunta también al cierre institucional del caso. Emili Campos pidió ver las grabaciones de seguridad, revisar las cajas y comprobar los accesos a la Batllia. Es decir, pidió lo mínimo exigible cuando casi media elección depende de sobres guardados fuera de una urna ordinaria. Pero, según la transcripción, la respuesta judicial fue negar pruebas, refugiarse en tecnicismos y terminar validando el relato oficial sin una verificación real.
El vídeo sostiene una conclusión muy dura: si los 9.010 votos judiciales no podían auditarse con garantías, debían anularse; y si ya habían sido mezclados con el resto de votos, la consecuencia lógica era cuestionar la validez de las elecciones completas. En ese contexto, la mayoría absoluta de Demòcrates per Andorra no aparece como una victoria limpia, sino como una mayoría políticamente beneficiada por un sistema opaco, inverificable y protegido por las propias instituciones que debían controlarlo.
La parte final abre una advertencia todavía más grave: si un sistema físico tan burdo —cajas, sobres, armarios y escoltas— pudo ser absorbido por los tribunales sin una investigación efectiva, el salto al voto digital podría convertir la opacidad en algo perfecto. Antes había cajas de cartón que fotografiar. Con el voto electrónico, la urna sería el código, el servidor y una arquitectura invisible donde la prueba podría desaparecer antes incluso de ser reclamada.


