Texte original publié par No es época para tontos.
¿Cuántos incendios que inicialmente se consideraron simples accidentes pudieron ser, en realidad, operaciones de sabotaje descubiertas meses o incluso años después?
Esta investigación analiza cómo el fuego se ha convertido en una herramienta de la llamada guerra híbrida. El punto de partida son expedientes judiciales, investigaciones policiales y evaluaciones de inteligencia europeas que muestran un cambio profundo: ya no siempre hacen falta agentes profesionales infiltrados. En varios casos documentados, el sabotaje se subcontrata a ejecutores locales reclutados por redes sociales, chats cifrados o Telegram, pagados en efectivo o criptomonedas y separados mediante distintas capas del verdadero organizador.
La lógica es perturbadora. Una bomba frente a un ministerio activa inmediatamente protocolos antiterroristas. Un almacén que arde de madrugada llama primero a los bomberos. El fuego es barato, puede destruir activos por millones, paralizar empresas, generar miedo social y, además, destruir parte de las pruebas de su propio origen.
Uno de los casos centrales es Marywilska 44, en Varsovia, incendiado el 12 de mayo de 2024. El centro comercial albergaba alrededor de 1.400 negocios y más del 80% quedó destruido. Más de 240 bomberos participaron en la emergencia. Durante meses fue percibido públicamente como una catástrofe accidental. La investigación polaca acabó atribuyendo el fuego a una estructura organizada que actuaba bajo órdenes de los servicios especiales rusos.
La cronología muestra una acumulación de episodios. En marzo de 2024 ardió en Leyton, Londres, un almacén con ayuda y terminales Starlink destinados a Ucrania. En abril fue atacado un establecimiento OBI en Varsovia. El 9 de mayo ardió un IKEA en Vilna. Tres días después, Marywilska 44. En varios casos hubo condenas judiciales o acusaciones formales.
Un elemento operativo se repite: los ejecutores reciben la orden de grabar el incendio. El vídeo funciona como prueba de que el trabajo se ha realizado antes de liberar el pago, pero también puede servir como propaganda y como fuente de inteligencia sobre tiempos de respuesta, despliegues policiales y sistemas de protección.
El servicio de inteligencia checo BIS utiliza el concepto de “agentes de Telegram” para describir este modelo. El reclutamiento puede dirigirse a personas con deudas, pequeños delincuentes, jóvenes vulnerables o individuos dispuestos a asumir encargos ilegales. La nacionalidad del ejecutor ya no identifica necesariamente al organizador. El que prende la cerilla puede no saber para quién trabaja realmente.
Es la uberización del sabotaje: operaciones que antes requerían agentes especializados convertidas en microtrabajos contratados a distancia. La compartimentación ofrece una ventaja esencial: negación plausible.
La escalada continúa con paquetes incendiarios enviados mediante redes de DHL y DPD. Artefactos ocultos en envíos aparentemente normales ardieron en Leipzig, en un camión en Polonia y en Birmingham. Eurojust coordinó una investigación y las pesquisas apuntaron al GRU, la inteligencia militar rusa. La propia infraestructura logística europea puede convertirse, sin saberlo, en el vector de ataque.
El programa conecta este modelo con Vrbětice, en Chequia, en 2014. Las autoridades acabaron atribuyendo las explosiones de depósitos de munición a operativos de la Unidad 29155 del GRU. La diferencia actual es la ejecución delegada: en vez de enviar especialistas propios, una estructura hostil puede reclutar a distancia, pagar digitalmente y crear varias capas entre el autor material y quien da la orden.
Todo esto se inscribe en la llamada zona gris: acciones capaces de provocar daños económicos, políticos y psicológicos graves, pero diseñadas con suficiente ambigüedad para mantenerse por debajo del umbral de una respuesta militar directa.
Pero esta investigación establece una frontera esencial: conocer este modus operandi no convierte cualquier incendio en sabotaje ruso. Hacerlo sería metodológicamente indefendible. Una hipótesis internacional solo adquiere peso cuando aparecen pruebas concretas.
Por eso la metodología debe comenzar por lo básico: origen exacto del fuego, focos múltiples, acelerantes, temporizadores, accesos, cámaras y peritajes. Después hay que seguir el dinero: pólizas de seguros, beneficiarios económicos, situación financiera, pagos anómalos, teléfonos desechables, comunicaciones cifradas y movimientos de criptomonedas.
La conclusión es incómoda. Ante un incendio excepcional ya no siempre basta con preguntar: “¿Cómo empezó?”. En determinados casos también hay que investigar: “¿Quién necesitaba que empezara?”
Porque el verdadero éxito de un sabotaje encubierto no consiste únicamente en destruir un edificio. Consiste en conseguir que, cuando lleguen los bomberos y suenen las sirenas, todos crean durante el mayor tiempo posible que solo están viendo un incendio accidental.


