Text original publicat per No es época para tontos.
Detrás de la imagen internacional de Andorra como un país próspero, seguro y privilegiado, esta investigación examina una realidad mucho más inquietante: presión económica, crisis de la vivienda, dificultades de acceso a la sanidad, precariedad y señales graves de sufrimiento psicológico.
En 2025, Andorra registró oficialmente cinco muertes por suicidio. Tomada de forma aislada, esa cifra puede transmitir la impresión de una situación relativamente contenida. Pero en un microestado de alrededor de 89.000 habitantes, las variaciones anuales hacen que las comparaciones internacionales sean especialmente frágiles. Una sola muerte adicional modifica de forma significativa la tasa nacional, por lo que cualquier lectura simplista exige una enorme cautela metodológica.
La realidad resulta mucho más preocupante cuando se analizan las tentativas y no únicamente los fallecimientos. Según los datos examinados en este episodio, 123 personas fueron atendidas en urgencias del Hospital Nostra Senyora de Meritxell por intento de suicidio durante 2025, frente a 108 en 2024. Es un incremento cercano al 14 %. Trasladado a la escala de la población andorrana, equivale aproximadamente a una atención por intento de suicidio por cada 725 residentes en un solo año.
Este podcast evita, sin embargo, los titulares fáciles. Los sistemas de registro de distintos países no utilizan exactamente los mismos criterios: una hospitalización, una activación de un protocolo específico y una atención en urgencias no son necesariamente datos equivalentes. Por ello, no existe base suficiente para afirmar con rigor que Andorra tenga “la tasa más alta de Europa”. Lo que sí muestran los datos es un volumen de sufrimiento suficientemente elevado como para considerar la situación un problema serio de salud pública.
La investigación también analiza el funcionamiento del sistema sanitario andorrano y el modelo de copago y reembolso vinculado a la CASS. Para una persona con pocos recursos, con una cobertura insuficiente o en una situación laboral precaria, adelantar determinadas cantidades puede convertirse en una auténtica barrera en el peor momento posible. Las fuentes examinadas hablan de visitas a urgencias que pueden superar los 350 euros en determinados supuestos y de hospitalizaciones cuyo coste puede situarse por encima de los 1.000 euros por noche.
A la presión sanitaria se añade la presión económica y social. Viviendas cuyo alquiler consume una parte desproporcionada del salario, coste de la vida elevado, trabajadores obligados a compartir espacios reducidos o a abandonar Andorra y trasladarse a zonas fronterizas, y una creciente sensación de que trabajar en el país ya no garantiza poder vivir dignamente en él.
Este episodio plantea también una pregunta política inevitable después de quince años de gobiernos de Demòcrates per Andorra. No se sostiene que una política concreta pueda vincularse directamente con un suicidio individual determinado, porque los datos no permiten establecer esa causalidad. Pero sí es legítimo analizar la responsabilidad política en la consolidación de un entorno donde coinciden inseguridad residencial, precariedad laboral, aislamiento, presión económica y sensación de abandono institucional, factores que pueden contribuir al deterioro de la salud mental y aumentar situaciones de vulnerabilidad extrema.
El Gobierno ha presentado una Estrategia Nacional de Prevención y Lucha contra el Suicidio para el periodo 2025-2030, basada en sensibilización, detección precoz, intervención y posvención. La cuestión central es si los protocolos son suficientes cuando una persona en crisis puede seguir encontrándose con obstáculos económicos, asistenciales o sociales a la hora de pedir ayuda.
Esta investigación confronta, en definitiva, dos imágenes de Andorra: la del escaparate internacional, la prosperidad y el relato de uno de los mejores países del mundo para vivir, y la realidad de las urgencias hospitalarias, los alquileres inasumibles, la precariedad y una parte de la población que parece estar soportando una presión cada vez mayor.
La pregunta final no es únicamente cuántas personas mueren por suicidio. La cuestión verdaderamente incómoda es cuántas están sufriendo, cuántas no llegan a pedir ayuda y hasta qué punto el modelo económico, sanitario y social de Andorra está contribuyendo a crear una auténtica olla a presión.


