Texto original publicado por No es época para tontos.

¿Qué ocurre cuando el café, la cerveza y las tapas dejan de ser el verdadero centro económico de un bar? Esta investigación sigue el dinero detrás de las máquinas tipo B instaladas en miles de establecimientos españoles y pone el foco especialmente en Girona. El punto de partida es incómodo: un pequeño bar puede facturar más de 100.000 euros al año y, después de todos sus costes, quedarse con un EBITDA de apenas unos 10.751 euros, mientras tres máquinas pueden aportar alrededor de 20.000 euros anuales al establecimiento con un coste marginal muy inferior. La diferencia entre facturación y beneficio cambia por completo la imagen del negocio.

El reportaje analiza esos locales donde todo parece poder deteriorarse excepto las tragaperras: aire acondicionado sustituido por ventiladores baratos, lavabos sin reparar, mobiliario envejecido, suciedad, servicios reducidos y un cliente tradicional que deja de ser el centro del negocio, mientras las máquinas permanecen iluminadas, operativas y perfectamente mantenidas. La investigación plantea así una metáfora deliberadamente incómoda: el cliente que toma un café o una cerveza puede acabar funcionando como figurante involuntario de un pequeño casino integrado dentro de la apariencia cotidiana de un bar.

También se examina el papel de grandes operadoras como CIRSA y CODERE, los contratos de exclusividad, los anticipos en efectivo y los incentivos comerciales utilizados para asegurar durante años la presencia de las máquinas en determinados establecimientos. En Girona aparece un ejemplo especialmente revelador: un bar-restaurante de Celrà recibió un anticipo de 10.000 euros ligado a dos máquinas y a una exclusividad hasta 2027; la ruptura anticipada terminó en los tribunales y en una indemnización.

La investigación entra también en el lado penal y policial del negocio: falsificación de documentación para emplazar máquinas, robos violentos dirigidos específicamente contra las tragaperras y grupos que explotaban técnicamente sus sistemas de pago en localidades de Girona. El enorme volumen de efectivo que circula físicamente entre máquinas, bares y recaudadores abre además preguntas sobre seguridad, trazabilidad y control fiscal.

Pero detrás de las cifras está la parte más grave: la adicción. El documento analiza la velocidad de juego, la rotación continua del dinero, la exposición de menores y personas autoexcluidas y la facilidad con la que una conducta de riesgo puede desarrollarse dentro de un espacio completamente normalizado del barrio. También recuerda que la normativa catalana prohíbe expresamente a operadores, propietarios y empleados prestar dinero a jugadores para que continúen jugando.

Finalmente, el reportaje compara el modelo español con países europeos que imponen restricciones mucho mayores y plantea el conflicto fundamental: las administraciones regulan los riesgos del juego, pero al mismo tiempo obtienen cientos de millones de euros de estas máquinas. La investigación termina formulando una propuesta radical: separar de nuevo hostelería y juego, reducir el efectivo, hacer obligatoria la trazabilidad, limitar los anticipos ligados a exclusividades y trasladar las máquinas con premio a establecimientos específicamente destinados al juego.

La pregunta final es sencilla: si en un bar todo puede estar roto excepto las tragaperras, ¿qué negocio es realmente el que se está protegiendo?

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