Texte original publié par No es época para tontos.
¿Por qué una sociedad democrática sigue eligiendo a los mismos mientras la vivienda expulsa a jóvenes y trabajadores? Empieza en nuestra manera de pensar y termina en una estructura política que ha aprendido a aprovecharla.
La psicología política estudia pensamiento crítico, rigidez y autoritarismo. En 2015, Emma Onraet y su equipo reunieron 67 estudios y 84.017 participantes. Encontró una correlación media de -0,20 entre capacidad cognitiva medida y actitudes ideológicas de derechas, más marcada en las medidas de autoritarismo y etnocentrismo. Es una asociación modesta: explica cerca del 4% de la variación y no permite juzgar a nadie por su papeleta.
El hallazgo relevante es otro: cuanto más angustiosa resulta la incertidumbre, más seductoras pueden hacerse las soluciones que prometen orden sin discusión. «Seguridad», «estabilidad», «soberanía», «crecimiento»... Palabras que parecen explicarlo todo y a menudo no responden a lo esencial: ¿quién paga el coste de las decisiones y quién se queda con sus beneficios?
Pensemos en el problema del bate y la pelota. Juntos cuestan 1,10 euros; el bate cuesta un euro más. La respuesta impulsiva es que la pelota vale diez céntimos. La correcta es cinco. El experimento no dice que equivocarse sea una ideología. Recuerda algo más peligroso: la primera respuesta suele parecernos tan cómoda que dejamos de contrastarla. La política explota precisamente esa comodidad cuando sustituye cifras y consecuencias por consignas tranquilizadoras.
Pero la ciencia también desmonta el atajo de declarar «menos inteligente» a toda la derecha. Los trabajos sobre inflexibilidad cognitiva muestran que el dogmatismo aparece asimismo en el extremismo de izquierdas. El conservadurismo social tampoco equivale al económico. Una persona puede ser brillantísima haciendo negocios y negarse a cuestionar el sistema del que obtiene beneficios.
En Andorra, esta distinción es decisiva. No hace falta que el elector crea ciegamente al Gobierno. Puede comprender perfectamente sus fallos y, aun así, votar continuidad porque tiene inversiones inmobiliarias, relaciones profesionales o intereses familiares que proteger. Para él, la opción más rentable a corto plazo puede ser la más perjudicial para el futuro del país. La inteligencia individual no garantiza responsabilidad colectiva.
La maquinaria institucional multiplica el efecto. En 2023, la candidatura de Demòcrates obtuvo el 32,66% del voto nacional, mientras la coalición encabezada por el partido consiguió 16 de los 28 escaños gracias al conjunto de resultados nacionales y parroquiales. Una victoria legal que revela una cuestión política de fondo: la distribución del poder no reproduce proporcionalmente el voto nacional. Y muchos residentes que soportan esas políticas ni siquiera tienen voto.
Cuando se combinan dependencia económica, lealtades familiares, miedo al cambio y una recompensa electoral desproporcionada a la implantación territorial, el poder puede perpetuarse sin necesidad de convencer a la mayoría de quienes habitan el país. El mensaje oficial deja de ser una promesa verificable y se convierte en un reflejo: mejor lo conocido, aunque lo conocido nos esté empobreciendo.
La cuestión, por tanto, no es si los andorranos son inteligentes o ingenuos. Es quién se beneficia de que no se formulen las preguntas difíciles. ¿A quién favorece la escasez de vivienda? ¿Quién puede permitirse disentir? ¿Quién participa en las decisiones y quién queda fuera? ¿Por qué la estabilidad de los gobernantes vale más que la estabilidad de los ciudadanos?
El verdadero éxito de un poder inamovible llega cuando consigue que la población confunda prudencia con obediencia y pensamiento crítico con amenaza. Y su mayor miedo no es una oposición más ruidosa. Es una ciudadanía que deje de aceptar la primera respuesta y empiece a exigir la operación completa.


